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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Quiero decirte lo que nunca te he dicho.

Ya sabemos que yo no nací siendo valiente. Nunca lo he sido. De hecho, soy de lo más cobarde que puedes encontrar por ahí. Tiendo a dejar las cosas inacabadas por no tener valor para enfrentarlas. Por no atreverme no me atrevo ni a mirarme al espejo algunos días. Disimulo como puedo pero no logro ocultarlo. Quiero decirte lo que nunca te he dicho, pero no sé hacerlo. Me gustaría dejar que la vida siguiera su curso y que el tiempo pusiera las cosas en su lugar.

Lo que pasa es que sé cuál es su lugar: lejos de ti.

Aunque no quisiera, la vida sigue. Nos da un golpe tras otro y sigue, sigue hacia delante, inevitablemente. Sin más. Sin pensárselo dos veces. Y nosotros nos empeñamos en enfrentarnos a ella. Nos rebelamos, una y otra vez. Pero llega un momento en el que ya no aguantas. Llega un momento en que no puedes enfrentarte a ella, una vez más, y seguir luchando. Más aún, cuando llevas meses luchando, día a día. Hay batallas que ni se ganan ni se pierden: hay batallas que no se llegan a librar jamás. Esta es una de ellas, siempre supe que tú y yo jugábamos en ligas diferentes.

No me ha ganado la vida: jamás lo hará. Yo he dejado de sufrir y ella ha seguido hacia delante, impasible, como siempre. Como debe ser. Ella no lucha, ella te enseña. Ella te golpea para que tú aprendas a recuperarte y a seguir hacia delante. Es el momento de abrir los ojos. Es el momento de olvidarse de los defectos y pensar en las virtudes. Es el momento. Es ahora. Ha llegado la hora de librarse de los prejuicios y comerse el mundo.

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