Esta semana he aprendido dos cosas muy importantes:
La primera es que las murallas no valen para nada.
Me explico, llevo algo así como un mes tratando valorarme y me levanto cada mañana 10 minutos antes para pensar lo que me pongo, para arreglarme el pelo y maquillarme; religiosamente me peino las pestañas y me aplico al menos una capa de rímel o me paso el kohl y me siento como que estoy resaltando mis supuestos "rasgos" orientales, cosa que me hace sentir a la vez bien y atractiva.
Y después me voy a la universidad pensando que soy la polla y que si no hablo en clase es porque me da vergüenza y punto y que si algo no lo entiendo es porque no estaba prestando atención y no porque sea tonta.
Y en casa me esfuerzo el triple en hacer unos apuntes de los que la misma Vicky estaría orgullosa y, aunque aún no he profundizado en el tema de no evitación del estudio, estoy mucho más aplicada porque sé que esto me refuerza positivamente el autoestima.
Pero pasa lo que pasa y es que está muy bien lo de subir el autoestima pero es un poco preocupante darse cuenta de que igual no te estás maquillando por ti sino por él, de que no estás intentando mejorar tu rendimiento académico por tus notas sino por impresionarle. Para mí, esta deducción ha supuesto un golpe bastante bajo; ha supuesto darme cuenta de que estoy en tensión cuando está en clase, por mucho que se siente 4 filas más atrás; ha supuesto entender por fin que puede que no podamos ser amigos.
En definitiva, que por mucho que vaya edificando murallas, sé que él sabe perfectamente cómo romperme los esquemas, cómo mirarme a los ojos fijamente, sonreír y decirme "¿por qué te tiemblan las cejas? ¿Estás nerviosa?" y yo ver cómo, en un segundo, la puta muralla que estoy construyendo se esparce por los suelos a la vez que mi autoestima.
Partiendo de que sí, que es super sexy que haya un tío que te pone muchísimo, que te vuelve loca y por el cual probablemente harías cualquier cosa que te pidiera con esos ojitos, mi pregunta es: ¿compensa? Si pones en una balanza lo que te aporta y lo que te roba, ¿compensa? Si cada vez que te acercas a él pierdes un poquito de dignidad y otro poquito de identidad, ¿compensa?
La respuesta es no, evidentemente. Pero aquí sigo.
La segunda cosa que he aprendido tiene que ver con el amor y también con la amistad.
Ayer estuve hablando con mi mejor amiga, a la que le ha pasado algo parecido a lo que me pasó a mí, mientras estábamos en mi coche y caía el diluvio universal sobre nosotras. Sí, muy dramático todo.
Y, mientras me rompía por dentro al soltar todas las cosas que llevaba semanas reprimiendo al creer que las estaba superando, vi cómo ella también se rompía en mil pedazos, cómo ambas compartíamos un mismo dolor visceral por distintos hombres.
Y, aunque eso no me ayudó directamente con lo que yo estaba sintiendo, por un momento me sentí en casa; sentí que por primera vez alguien entendía lo que me estaba pasando por dentro. Fue increíble, hasta el punto de que me dejó bastante tocada durante unas horas hasta que me fui a dormir. Y es que, aunque este dolor no puede compartirse, es infinitamente útil tener a alguien que conozca tu sufrimiento y, por experiencia propia, pueda entender aquello por lo que estás pasando.
domingo, 20 de octubre de 2013
jueves, 10 de octubre de 2013
Conciencia de la importancia del yo.
Llevo mucho sin escribir y lo noto porque ya no me salen las palabras como antes. Lo que pasa es que el desamor es el que inspira todos mis textos y ahora mismo me encuentro en una espiral de amor-desamor-reconstrucción de mi propia y personal muralla china que, en este caso, no es china sino medio filipina y se llama "el amor propio de Carlota".
He estado pensando mucho en darle un cambio de aires al blog, en abrir un poco la ventana y dejar que todo este espacio vacío se ventile, porque las sábanas ya llevan tiempo cogiendo polvo y las arañas hace mucho que andan a sus anchas por aquí.
Voy a escribir lo que pienso. He estado un poco estancada en la descripción poética de mis sentimientos, que supongo que hacía muy inspirada por mi desamor. Pero es que se me ha acabado la inspiración, aunque no el desamor. Me resulta un poco contradictorio pero así es. Supongo que es la intención de seguir hacia delante la que me impide sentarme a escribir cosas tristes y depresivas. Es como que tengo algo en mi interior que me dice "hoy no, inténtalo un poco más, avanza otro poco" y así.
Así que en esas estamos, que he decidido contar mi vida en internet. Suena un poco triste pero es que ya he probado a contarles mi vida a mis supuestos mejores amigos y las consecuencias han sido bastante terribles. Es curioso porque yo pensaba que cuando alguien era tu (mejor) amigo, lo era porque tu persona le aportaba algo a él y porque él venía a aportarte algo a ti. Y, a pesar de todo eso, este año he descubierto que puedes llegar a cansar a tus amigos si estás mal. Me explico, llega un punto en el que tus amigos están hasta los cojones de escuchar lo mierda que te sientes por dentro y te dicen "ya, es hora de superarlo, tienes que parar ya". Y tú te quedas mirando a esa persona con cara de imbécil mientras intentas por todos los medios no llorar porque te sientes rechazada y piensas "¿cómo voy a dejar de estar mal si estoy mal?".
Ojo, que entiendo las dos posturas: nadie quiere ser amigo de alguien que le amarga la vida, lo entiendo perfectamente. Pero el problema está en que sólo quienes han pasado por algo así comprenden hasta qué punto puedes llegar. El resto del mundo cree que por el mero hecho de que salga el sol ya tienes que ser feliz o que, por ejemplo, el hecho de no ser un niño desnutrido de África ya tiene que hacer que tú no tengas problemas mentales.
Veamos, resulta que, como dijo Maslow, las necesidades se pueden estructurar con la forma de una pirámide de manera que las necesidades básicas (comer, dormir, beber agua, etc.) están en la base de la pirámide. Sólo puedes pasar al siguiente escalón una vez tienes cubiertas esas necesidades. ¿Sabéis en que parte de la pirámide se encuentran la auto-realización, la autoestima y la aceptación del "yo"? Efectivamente, en el pico. Por lo tanto, me parece adecuado y coherente decir que hay que dar gracias a Dios todos los días por tener alimento que llevarnos a la boca y un techo bajo el que vivir, pero es injusto pretender curar la depresión de alguien diciéndole algo así como "vamos, machote, que tienes comida y casa, no puedes ser infeliz" y desaparecer del mapa con una palmadita en la espalda.
Más que nada porque los problemas de la mente son igual de importantes que los del cuerpo. Me resulta tan evidente que puede que no sea capaz ni de explicarlo. Igual que el cuerpo necesita agua para vivir, la mente necesita conciencia de la importancia del yo para hacer lo propio. Si no bebes agua durante una semana te mueres y si te odias a ti mismo lo más probable es que te acabes suicidando, así que tú me dirás cuál de las opciones te parece peor. Morir a manos de uno mismo por el propio odio que te profesas tiene que ser una de las cosas más horribles. Y, para no irme a este otro tema del suicidio y las autolesiones, voy a cerrar esta entrada diciendo que una vez leí que la depresión es una enfermedad cuyo fundamento está en el control poblacional (teoría de Gaia). Esto significa que, como cualquier otra enfermedad, está destinada a matarnos, a acabar con cierta cantidad de humanos que "sobra" si queremos un equilibrio en los recursos de la Tierra. No he llegado a comprobar si es cierto o no, pero al parecer la depresión está diseñada para llevarnos al suicidio, lo cual me ha dado qué pensar en muchas ocasiones.
He estado pensando mucho en darle un cambio de aires al blog, en abrir un poco la ventana y dejar que todo este espacio vacío se ventile, porque las sábanas ya llevan tiempo cogiendo polvo y las arañas hace mucho que andan a sus anchas por aquí.
Voy a escribir lo que pienso. He estado un poco estancada en la descripción poética de mis sentimientos, que supongo que hacía muy inspirada por mi desamor. Pero es que se me ha acabado la inspiración, aunque no el desamor. Me resulta un poco contradictorio pero así es. Supongo que es la intención de seguir hacia delante la que me impide sentarme a escribir cosas tristes y depresivas. Es como que tengo algo en mi interior que me dice "hoy no, inténtalo un poco más, avanza otro poco" y así.
Así que en esas estamos, que he decidido contar mi vida en internet. Suena un poco triste pero es que ya he probado a contarles mi vida a mis supuestos mejores amigos y las consecuencias han sido bastante terribles. Es curioso porque yo pensaba que cuando alguien era tu (mejor) amigo, lo era porque tu persona le aportaba algo a él y porque él venía a aportarte algo a ti. Y, a pesar de todo eso, este año he descubierto que puedes llegar a cansar a tus amigos si estás mal. Me explico, llega un punto en el que tus amigos están hasta los cojones de escuchar lo mierda que te sientes por dentro y te dicen "ya, es hora de superarlo, tienes que parar ya". Y tú te quedas mirando a esa persona con cara de imbécil mientras intentas por todos los medios no llorar porque te sientes rechazada y piensas "¿cómo voy a dejar de estar mal si estoy mal?".
Ojo, que entiendo las dos posturas: nadie quiere ser amigo de alguien que le amarga la vida, lo entiendo perfectamente. Pero el problema está en que sólo quienes han pasado por algo así comprenden hasta qué punto puedes llegar. El resto del mundo cree que por el mero hecho de que salga el sol ya tienes que ser feliz o que, por ejemplo, el hecho de no ser un niño desnutrido de África ya tiene que hacer que tú no tengas problemas mentales.
Veamos, resulta que, como dijo Maslow, las necesidades se pueden estructurar con la forma de una pirámide de manera que las necesidades básicas (comer, dormir, beber agua, etc.) están en la base de la pirámide. Sólo puedes pasar al siguiente escalón una vez tienes cubiertas esas necesidades. ¿Sabéis en que parte de la pirámide se encuentran la auto-realización, la autoestima y la aceptación del "yo"? Efectivamente, en el pico. Por lo tanto, me parece adecuado y coherente decir que hay que dar gracias a Dios todos los días por tener alimento que llevarnos a la boca y un techo bajo el que vivir, pero es injusto pretender curar la depresión de alguien diciéndole algo así como "vamos, machote, que tienes comida y casa, no puedes ser infeliz" y desaparecer del mapa con una palmadita en la espalda.
Más que nada porque los problemas de la mente son igual de importantes que los del cuerpo. Me resulta tan evidente que puede que no sea capaz ni de explicarlo. Igual que el cuerpo necesita agua para vivir, la mente necesita conciencia de la importancia del yo para hacer lo propio. Si no bebes agua durante una semana te mueres y si te odias a ti mismo lo más probable es que te acabes suicidando, así que tú me dirás cuál de las opciones te parece peor. Morir a manos de uno mismo por el propio odio que te profesas tiene que ser una de las cosas más horribles. Y, para no irme a este otro tema del suicidio y las autolesiones, voy a cerrar esta entrada diciendo que una vez leí que la depresión es una enfermedad cuyo fundamento está en el control poblacional (teoría de Gaia). Esto significa que, como cualquier otra enfermedad, está destinada a matarnos, a acabar con cierta cantidad de humanos que "sobra" si queremos un equilibrio en los recursos de la Tierra. No he llegado a comprobar si es cierto o no, pero al parecer la depresión está diseñada para llevarnos al suicidio, lo cual me ha dado qué pensar en muchas ocasiones.
viernes, 16 de agosto de 2013
Hidden
¿Cuánto de irónico es que tú me hagas daño y yo piense en él?
Busco razones y no tengo éxito. Intento evitar que lo que tú haces lo sienta como si lo volviera a hacer él y lo único que encuentro es una verdad que quema como el hielo.
No quiero encontrar respuestas a las preguntas que nunca me atreveré a hacer.
Busco razones y no tengo éxito. Intento evitar que lo que tú haces lo sienta como si lo volviera a hacer él y lo único que encuentro es una verdad que quema como el hielo.
No quiero encontrar respuestas a las preguntas que nunca me atreveré a hacer.
sábado, 10 de agosto de 2013
Hoy sólo conozco a medias lo que me está pasando. Me he quedado sin lágrimas. No es la primera vez y sospecho que tampoco será la última. Creo que mi cuerpo se ha cansado de llorar. El dolor sigue ahí, impertérrito, pero no soy capaz de sacarlo de aquí, no encuentro la manera. Tal vez tenga que probar otro tipo de dolor, pero eso es algo que nunca me ha llamado la atención. Quizá porque soy demasiado cobarde, quizá porque tengo pánico a los daños físicos, a la sangre, a morir. Nunca he visto el lado suicida de la depresión. Entiendo que quiera llevarme a la muerte pero no sería capaz de autoinfligirme daño físico. Es extraño, pero a la vez un sentimiento cálido y agradable que me hace confiar un poco más en mí.
Por otro lado, he aprendido a distinguir dos tipos diferentes de dolor: por un lado esta el miedo a ser rechazada por un hombre, la obsesión de necesitarle a mi lado y que él me ignore sin más. Este dolor es como un agujero en el pecho. Como un desgarro. Creo que no es amor todavía. Estoy fascinada con el significado del amor; ¿cómo puede ser que se sienta por unos y por otros no? Supe que quería al que me hizo daño desde el primer momento en que me hundí en sus ojos y, sin embargo, no sé querer a este otro príncipe que me cuida como a una princesa. El amor es algo tan complejo como el dolor. El otro tipo de dolor que hoy siento es algo así como la apatía, como las ganas de no hacer nada, de que el tiempo pase, de que vengan tiempos mejores, cuando sé que los tiempos sólo pasan y somos cada uno de nosotros los que los hacemos buenos o malos. Es ese pensamiento el que más daño me hace, pero la única reacción que mi cuerpo conoce a cualquier tipo de dolor es la de estar en posición horizontal, lamentándome de mis males, intentando encontrar un culpable cuando toda la culpa la tengo yo. ¿Que por qué me culpo? Porque siento que el problema soy yo. Que tengo una mente enferma que quiere acabar conmigo. Porque soy mi peor enemigo.
Por otro lado, he aprendido a distinguir dos tipos diferentes de dolor: por un lado esta el miedo a ser rechazada por un hombre, la obsesión de necesitarle a mi lado y que él me ignore sin más. Este dolor es como un agujero en el pecho. Como un desgarro. Creo que no es amor todavía. Estoy fascinada con el significado del amor; ¿cómo puede ser que se sienta por unos y por otros no? Supe que quería al que me hizo daño desde el primer momento en que me hundí en sus ojos y, sin embargo, no sé querer a este otro príncipe que me cuida como a una princesa. El amor es algo tan complejo como el dolor. El otro tipo de dolor que hoy siento es algo así como la apatía, como las ganas de no hacer nada, de que el tiempo pase, de que vengan tiempos mejores, cuando sé que los tiempos sólo pasan y somos cada uno de nosotros los que los hacemos buenos o malos. Es ese pensamiento el que más daño me hace, pero la única reacción que mi cuerpo conoce a cualquier tipo de dolor es la de estar en posición horizontal, lamentándome de mis males, intentando encontrar un culpable cuando toda la culpa la tengo yo. ¿Que por qué me culpo? Porque siento que el problema soy yo. Que tengo una mente enferma que quiere acabar conmigo. Porque soy mi peor enemigo.
lunes, 29 de julio de 2013
Basta
Durante este mes me he sentado unas cuantas veces delante del ordenador intentando expresar con palabras lo que siento, he releído entradas antiguas y he recordado cada una de las veces que sentía que me rompía por dentro, todas y cada una de las veces en las que sentía que no podía respirar, que tenía que dejar salir las palabras a través de las teclas si no quería explotar y, lo peor de todo, he sabido quién provocó cada entrada, cada sentimiento, cada palabra, cada lágrima y cada grieta.
He recordado y he sufrido, he visto cómo se me revolvían las entrañas, he saboreado la falta de aire que precede a ese momento justo antes de romper a llorar en el que sientes que algo se quiebra dentro de ti, que acabas de estallar en mil pedazos por dentro y sabes que vas a saltar, que vas a ponerte a gritar en cualquier momento. Me gusta la expresión "romper a llorar", es muy gráfica. Te rompes por dentro. Es el momento culminante del acto, el momento de mayor tensión, el resto es tan solo dolor y lágrimas. Extrañamente, las lágrimas parecen calmarte de tal manera que llega un punto en el que pareces olvidar por un segundo por qué estás llorando. Luego lo recuerdas y sigues llorando hasta que se te secan los ojos. Entonces sigues gritando, haces muecas, intentas seguir porque ansías ese efecto calmante de las lágrimas. Pero para entonces tu cuerpo ya ha dicho "basta", algo que tu mente nunca parece decir.
sábado, 29 de junio de 2013
Don't feed them.
Llevo varios días preguntándome cuál era la pieza que no encajaba.
De hecho, he de admitir que he llegado a pensar que eras tú. Que tú eras quien no encajaba en mi puzzle de 10.000 piezas en el que una vez hubo tantas lágrimas como carcajadas pero que ahora está descompensado.
Creo que definitivamente he encontrado la respuesta: soy yo la que no encaja en mi propio puzzle, en mi propio lienzo, yo soy esa pincelada que de pronto ha tomado un cariz distinto, soy esa página de un libro que no ha sido bien cortada o esa vela que nace sin mecha y sin quererlo, sin razón de ser.
Estoy viviendo un cuento que empezó hace un par de meses, con un príncipe que bien podría ser el que quisiera como definitivo. Estoy descubriendo que los hombres también pueden ser buenos y que nosotras no tenemos que ser lo que ellos quieren que seamos.
Estoy viviendo mi propio cuento desde fuera, desde que me encerré en mí misma y no me atreví ni a asomar la cabeza por una de las ventanas de mi corazón. Tengo las cortinas echadas porque trato de evitar a toda costa que alguien pueda ver lo que hay dentro. Es normal, ¿no? Cuando tienes el interior patas arriba, cuando las paredes están llenas de sangre y guardas un recuerdo, que ya se ha quedado frío, debajo de la cama, es normal que no quieras que nadie lo vea. Es difícil y más cuando día sí, día también, tú misma tiras sus cosas por la ventana, rompiendo los cristales, porque cada día te juras a ti misma que es el último día que mantendrás alimentados a tus miedos.
De hecho, he de admitir que he llegado a pensar que eras tú. Que tú eras quien no encajaba en mi puzzle de 10.000 piezas en el que una vez hubo tantas lágrimas como carcajadas pero que ahora está descompensado.
Creo que definitivamente he encontrado la respuesta: soy yo la que no encaja en mi propio puzzle, en mi propio lienzo, yo soy esa pincelada que de pronto ha tomado un cariz distinto, soy esa página de un libro que no ha sido bien cortada o esa vela que nace sin mecha y sin quererlo, sin razón de ser.
Estoy viviendo un cuento que empezó hace un par de meses, con un príncipe que bien podría ser el que quisiera como definitivo. Estoy descubriendo que los hombres también pueden ser buenos y que nosotras no tenemos que ser lo que ellos quieren que seamos.
Estoy viviendo mi propio cuento desde fuera, desde que me encerré en mí misma y no me atreví ni a asomar la cabeza por una de las ventanas de mi corazón. Tengo las cortinas echadas porque trato de evitar a toda costa que alguien pueda ver lo que hay dentro. Es normal, ¿no? Cuando tienes el interior patas arriba, cuando las paredes están llenas de sangre y guardas un recuerdo, que ya se ha quedado frío, debajo de la cama, es normal que no quieras que nadie lo vea. Es difícil y más cuando día sí, día también, tú misma tiras sus cosas por la ventana, rompiendo los cristales, porque cada día te juras a ti misma que es el último día que mantendrás alimentados a tus miedos.
lunes, 20 de mayo de 2013
Si no puedes vencerles, confúndeles.
A veces me gustaría invitar a alguien a vivir unos segundos en mi piel, a sentir por un momento lo que yo siento, a mirarme a la cara desde el otro lado del espejo.
A veces me gustaría dejar que alguien cargase con las losas de mis pensamientos, que aguantase el dolor de esas heridas que aún siguen abiertas, que supiera cómo se ve el mundo desde mis 167 centímetros.
Otras veces pienso que mis golpes, míos son y que nadie los puede entender. Que no por conocerlos van a mirarme de otra manera, ni van a tratarme mejor, ni van a cuidarse de no hacerme daño.
Supongo que cada uno tiene que llevar su carga, porque nadie va a llevarla por nosotros.
Nadie puede luchar contra tus miedos, nadie puede matar a los monstruos que se esconden bajo tu cama y nada ni nadie puede convertirte en quien eres cuando te metes bajo las sábanas al final del día y cierras los ojos.
Pero cuanto menos demuestres lo rota que estás, menos podrán entorpecer tu propia lucha. Vive y sé tú, pero guárdate lo que te hace daño, esconde tus miedos y no se los enseñes a nadie, porque lo único que harán es alimentarlos. Y no hay nada peor que vivir con un miedo que come de la mano de un amigo.
A veces me gustaría dejar que alguien cargase con las losas de mis pensamientos, que aguantase el dolor de esas heridas que aún siguen abiertas, que supiera cómo se ve el mundo desde mis 167 centímetros.
Otras veces pienso que mis golpes, míos son y que nadie los puede entender. Que no por conocerlos van a mirarme de otra manera, ni van a tratarme mejor, ni van a cuidarse de no hacerme daño.
Supongo que cada uno tiene que llevar su carga, porque nadie va a llevarla por nosotros.
Nadie puede luchar contra tus miedos, nadie puede matar a los monstruos que se esconden bajo tu cama y nada ni nadie puede convertirte en quien eres cuando te metes bajo las sábanas al final del día y cierras los ojos.
Pero cuanto menos demuestres lo rota que estás, menos podrán entorpecer tu propia lucha. Vive y sé tú, pero guárdate lo que te hace daño, esconde tus miedos y no se los enseñes a nadie, porque lo único que harán es alimentarlos. Y no hay nada peor que vivir con un miedo que come de la mano de un amigo.
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