La experiencia me ha demostrado que cantar victoria demasiado pronto no es más que una señal de las más duras derrotas. Es por eso que prefiero esperar. Esperar, respirar hondo e ir con pies de plomo, poco a poco, tanteando el terreno como si te hubieras llevado la luz y estuviera intentando andar a ciegas.
No quiero precipitarme pero, por encima de todo, no quiero parar. Soy consciente de que estoy al borde de un abismo y que puedo estrellarme contra el mismísimo infinito de mis sentimientos de aquí a una semana.
Pero la vida ya me ha dejado claro que no le gusta dar segundas oportunidades, y que el momento perfecto no puede dejarse pasar. Sé de sobra que si se va no vuelve, y no pienso volverlo a comprobar.
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