Otra vez he vuelto a esa época. La época de no tener ganas de nada, de sentir que el único contacto que quiere mi piel es el de mis sábanas, o el de las tuyas. Pero parece ser que por fin he entendido que no hay un cambio de sentido en esta autovía. No hay salidas, tampoco. Sólo vale seguir hacia delante, recorrer un kilómetro detrás de otro, hasta cruzarnos con algún coche en el camino.
Mi corazón está del mismo humor que el cielo, no sé si se han puesto de acuerdo. Y ahora, mientras el cielo llora haciendo ruido en mi ventana, llueven gotas saladas por mis mejillas, y no hay nada que pueda pararlas.
No hay ningún sentimiento como el de sentirse solo estando rodeado de gente. Ninguno.
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