Qué manía con ponerle etiquetas a todo. Nosotros fuimos algo que ni siquiera tenía nombre: yo nunca lo necesité. Me bastaba con saber lo que sentía.
Yo te habría regalado el corazón todos los días y todas las noches, y hasta recuerdo haberte prometido que me pasaría una vida entera haciéndote caricias en la espalda. Te gustaba tanto... y a mi me encantaba hacerte feliz. Al fin y al cabo, en eso consiste: en hacer feliz a aquél de quien estás enamorado. Todos los días. Sin fechas de caducidad, sin rosas marchitas ni tarjetas sin personalidad.
Yo estaba enamorada de ti, y mi día de la enamorada era todos los días. Aunque tú no lo vieras. Aunque no pudiese hablar de un "día de los enamorados", simplemente porque tú no lo estabas.
No he dejado de quererte aún, pero sí he dejado de deberte nada. No me preocupa ir olvidándote poco a poco, y no me asusta dejar entrar a otro en mi vida. Se han roto las apuestas, se ha acabado la función. Estoy aprendiendo a enamorarme de mí misma, cada día un poco más.
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